Roque Dalton en Chile

Ernesto Guajardo

Roque Dalton nació el 14 de mayo de 1935, en El Salvador; todavía no termina de morirse.

Toda su educación básica y media la hizo en colegios jesuitas, esta será la principal razón de su llegada a Chile. Lo que sigue, es la brevísima y daltónica relación del paso del futuro poeta por nuestras tierras.

Lo que en Chile vive es, en sus palabras, lo más importante de su vida. En Santiago su cuerpo da un traspié, manotea y termina mirando en una nueva dirección.

Roque llega en 1953, recomendado a los padres jesuitas, para iniciar sus estudios de Derecho. Sin embargo, en el camino se encuentra con un sacerdote, decano de la Facultad de Teología de la Universidad Católica. Ahí comienzan los problemas. Él le propone que no ingrese a la Pontificia Universidad, sino que opte por la Universidad de Chile, para que pueda conocer otras corrientes de pensamiento y formas de vida. Así lo hace, total, tiene sólo 18 años; el mundo es aún muy extenso y profundo.

“Bien, -nos dice Roque- sin mayores razones para decidirme, y además porque todo el mundo en la Universidad [de Chile] era muy atractivo, ingresé en este centro de estudios, y allá, por supuesto, vi otras cosas de la vida. Por ejemplo, los comunistas. Me puse en contacto con los comunistas, tuve amigos comunistas, y al principio sin saber que lo eran, luego con un poco más de conciencia, por lo menos di un paso de avance en Chile y de católico conservador que era pasé a ser un católico progresista, un social-cristiano; en ese momento, esa corriente de pensamiento en Chile me pareció sumamente atractiva”.

Pero eso es sólo el inicio, el puñetazo definitivo está por llegar.
Ese año se realiza un Congreso de Cultura, en Santiago. Aprovechando la ocasión, una revista universitaria le encarga que realice una entrevista al pintor mexicano Diego Rivera.

“Entonces yo llegué, simplemente a cumplir con mi deber de hacerle una entrevista, pero ahí hallé al hombre en uno de sus malos momentos; empezó a responderme cortésmente las preguntas hasta que no sé por qué se le ocurrió preguntarme mi filiación política, entonces yo le dije que era social-cristiano. Entonces Él me preguntó, con aquella cosa exuberante que tenía, que cuántos años tenía yo. Yo le dije que dieciocho años. Me preguntó si yo había leído marxismo, yo le dije que no, entonces me dijo que tenía yo dieciocho años de ser un imbécil, y me echó. Me echó y yo horrorizado, por supuesto. Pero después de salir y después de conocer lo que era Diego Rivera, me interesó la actitud del hombre, y empecé a investigar quién era. Fui a algunas de sus conferencias sensacionales que dio en Chile; lo seguía, me enteré por ese incidente de la pintura mexicana, que era una cosa en la que yo nunca había caído en la cuenta, y, lo que es más importante, me entró la preocupación por estudiar marxismo. Porque por primera vez en mi vida me había pasado que una persona me dijera imbécil, así, por no haber estudiado marxismo”, recuerda Dalton.

Debido a este incidente, cuando retorna a El Salvador, se encuentra con otro país, uno que no había podido ver. La visión es intensa. Lo que el ojo recorre comienza a ser registrado en el cuerpo, sobre todo en el pecho y las manos.

Este año no se escapa de su memoria poética, en Un libro levemente odioso, escrito en Cuba entre 1970 y 1972, incluye el siguiente poema:

Yo estudiaba en el extranjero en 1953

Era la época en que yo juraba
que la Coca Cola uruguaya era mejor que la Coca Cola chilena
y que la nacionalidad era una cólera llameante
como cuando una tipa de la calle Bandera
no me quiso vender otra cerveza
porque dijo que estaba ya demasiado borracho
y que la prueba era que yo hablaba harto raro
haciéndome el extranjero

cuando evidentemente era más chileno que los porotos.



En su libro Los hongos también recuerda esta etapa de su vida, dando cuenta no sólo de sus conmociones intelectuales, sino también de las otras:

fue en junio o julio de 1953, en Santiago de Chile,
y mi maestro en el pecado fue un anarquista, loco, llamado Navarrete, o algo así. Me acuso
padre. A pesar

de que podría echársele la culpa de todo
a la ciudad de Santiago de entonces:

sólo el vino era interesante y ciertas salas de baile
en los prostíbulos de Nena Elvangio

y un establecimiento para comer mariscos en la madrugada
y una niña salvadoreña que vivía entonces allí, Noemí
Jiménez Figueroa, cuya belleza a los catorce años
Será para siempre mi medida de la belleza. Permanecer, pues
fiel a la metafísica en todo momento
habrá sido demasiado pedir, con esos estímulos extremos
y habrá olido a hipocresía, seguramente. En todo caso, malo
para el Cuerpo Místico, quiero decir. Desde luego
no me presenté a los exámenes de fin de curso, alegué
nostalgia del hogar y terminé por volver
a El Salvador. Noemí tampoco se quedó en Chile,
volvió a El Salvador y por dos años fue
la mujer más bella de Centroamérica, antes de enfermarse,
como una heroína del romanticismo, y languidecer.

Sobre Los hongos hay algo que decir. Este libro lo escribe entre 1966 y 1972, y es la expresión poética de la problemática relación entre cristianos y marxistas. Dedicado a Ernesto Cardenal, la primera versión -en prosa- se publicó en Chile, por la Editorial Universitaria. Considerando el período en que fue escrito, se encuentran breves referencias críticas al proceso demócrata cristiano, conocido como la “Revolución en libertad”. En este libro, Dalton se preocupa de deslindar con precisión el territorio desde donde habla; el epígrafe, que sugiere el título, es nítido al respecto; las palabras son de J. Longman: “...las formas del pensamiento pequeño-burgués –ya sean religiosas, estéticas o políticas– son más latentes y ubicuas que los hongos, y más equívocas que la sífilis, llamada por los médicos ‘la gran imitadora’...”

También en Un libro levemente odioso se encuentran dos poemas que dan cuenta de la atenta mirada de Dalton sobre el proceso de la Unidad Popular en Chile: “Descubrimiento”, dedicado a Miguel Littin y “Poeta libre”, en el cual —dialogando con versos Nicanor Parra— se interroga por esta geografía: “¿Chile? / Depende”.

Lo sabemos, la respuesta se resuelve de manera drástica en nuestro país. Roque, de regreso en El Salvador, clandestino, mantiene la mirada sobre Chile. En dos poemas, escritos probablemente en 1974, da cuenta de ello. El primero, “Maneras de morir” está incluido en el poemario “Historias y poemas contra el revisionismo salvadoreño”, y es firmado por Juan Zapata. El otro texto, “Hitler Manzini: comparación entre Chile en 1974 y El Salvador en 1932”, firmado por Luis Luna, pertenece a “Poemas para ir pensándolo bien”.

Otras conexiones se encuentran entre la obra de Roque y nuestro país. Las palabras de Gabriela Mistral, “...El Salvador, el Pulgarcito de América...”, sirven de epígrafe a su libro Las historias prohibidas de Pulgarcito, mientras que incorpora la “Elegía a la muerte de Lenin”, de Vicente Huidobro, en su obra Un libro rojo para Lenin. Esto, para no hablar de las referencias y obras que ha suscitado el poeta en los escritores chilenos. Carta a Roque Dalton, de Isidora Aguirre o Roque Dalton: la escritura testimonio, de Jorge E. Narváez, son algunos ejemplos de lo anterior.

2

La primera etapa de la poética de Roque Dalton estaba influenciada por Neruda. Él ya lo tenía claro en vida: “veo una época en que formalmente y musicalmente estoy influenciado por Pablo Neruda”, señalaba, “al igual que un gran número de poetas latinoamericanos de mi edad, partí del mundo nerudiano, o sea de un tipo de poesía que se dedicaba a cantar, a hacer la loa, a construir himno con respecto a las cosas, el hombre, las sociedades. Era la poesía canto. Si en alguna medida logré salvarme de esa actitud, fue debido a la insistencia en lo nacional. El problema nacional en El Salvador es tan complejo que me obligó a plantearme los términos de su expresión poética con cierto grado de complejidad, a partir por ejemplo de su mitología. Y luego, cierta visión del problema político para la cual no era suficiente la expresión admirativa o condenatoria, sino que precisaba de un análisis más profundo”. Esta opinión, dada en una entrevista a Mario Benedetti en 1969, será profundizada ¡y de qué manera! en Taberna y otros lugares, publicado ese mismo año:

“Hombre despalabrado no es sinónimo de mudo sino de zombie. Un poeta despalabrado puede seguir publicando libritos en ediciones de lujo y dar cocktails para ir tirando en las páginas literarias, o ingresar incluso a las Academias o a los Clubs. Pero si Neruda -para citar un caso conocido- tiene algo de zombie a partir de Residencia en la tierra, -¿cómo descubrir, reconocer, clasificar el virus de lo muerto, el perfil cadavérico en sus libros posteriores, la masa viscosa eliminable para aislar los elementos arquitectónicos que mantiene la fisiología de la locomoción y los desplantes respiratorios del muerto- vivo a quien la sal envenenaría; es decir, en fin, cómo diferenciar una palabra viva de una lista para el camposanto.”

En este texto ardiente, al igual que en otros, se aprecia la clara voluntad de Dalton de realizar la revolución en la revolución: su principal objeto de crítica, al interior de la estética producida por los escritores de izquierda, será cualquier expresión de realismo socialista, aunque eso incluya a Neruda. De hecho, no deja de ser significativo que este texto -titulado “Con palabras”- esté dedicado al poeta chileno Enrique Lihn. Las opciones son claras.

En su novela póstuma Pobrecito poeta que era yo, publicada en 1976, se encuentran los siguientes diálogos:

“Lo que no me gusta de la poesía del viejo es que es poesía de cantor. Claro que eso es culpa de la tradición latinoamericana, tan superficializante, que nos llega por llega por la vena de Darío y sigue imponiéndosenos por las arterias de Neruda. Si no aparece Vallejo, a esta hora, para escribir poesías en nuestros países habría que usar trompetas y atabales”

¿Qué es un poeta marxista? A ver, Gabino
Yo sólo conozco a dos o tres. Lenin es uno. Y Brecht.

Y Neruda.
¡Nunca me hagas eso! Neruda es Rubén Darío, con menos tragos

De este modo, el ejercicio de la crítica política radical llevó a Roque Dalton a enjuiciar la elaboración poética que la izquierda tradicional había desarrollado. Una poética fuertemente influida por el realismo socialista, en donde se encontraban entrelazadas la épica que linda con el idealismo; la voz del poeta como el representante del pueblo; una producción poética que describe y denuncia, pero que no devela ni propone. A esta poética mesiánica y realista “en el sentido más restringido del término”, Roque opondrá una poética cotidiana, reveladora de la realidad y propositiva. Una poética en la cual, progresivamente, la voz del poeta tiende a diluirse, mezclándose con las voces de la calle, de la prensa, de los libros. En definitiva, desarrolla la concepción de una poesía dialéctica, tanto en su momento de elaboración como en la recepción que de ella se pueda realizar; al mismo tiempo, propone la figura del poeta como un integrante más de la sociedad: ni payaso ni grillo de la conciencia. En ese sentido, el poeta no está exento de los derechos y deberes de todos: “La asimilación crítica de la realidad debe ir más allá de rascarse la cabeza”, señala. Dalton vivió y murió bajo esa premisa.


0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Tu comentario será moderado la primera vez que lo hagas al igual que si incluyes enlaces. A partir de ahi no ser necesario si usas los mismos datos y mantienes la cordura. No se publicarán insultos, difamaciones o faltas de respeto hacia los lectores y comentaristas de este blog.