Golpe de Estado en Honduras. El pasado que se revela como parte del presente

Juan Pablo Carrillo Ramos

“Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa”
(Karl Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte)

Sorprendidos nos despertamos muchos. El recuerdo de Jacobo Arbenz para los más viejos. Las trágicas palabras de nuestro presidente mártir Salvador Allende se vinieron a la mente de los no tan viejos. Los más jóvenes quedamos impactados. Los golpes de Estado para nosotros no eran más que historia en los libros, un recuerdo que nunca vivimos, y que nos aseguraron jamás volverían a ocurrir.
Pero ocurrieron. Muchos pensaron que el 11 de abril de 2002, cuando los militares golpistas en un complot que incluyó el cerco mediático y la muerte premeditada de personas, derrocaron temporalmente a Hugo Chávez, sería una simple anécdota en la ya conquistada “democracia” latinoamericana. La porfiada realidad nos dijo otra cosa. El 28 de Junio de 2009 durante la madrugada, fuerzas militares con la sola razón del fusil sacaban al presidente constitucional de la República de Honduras, Manuel Zelaya, rumbo a Costa Rica. Posteriormente se le destituía con difusos argumentos, nombrando como presidente interino al presidente del parlamento. Un golpe de Estado a la vieja usanza, canalla y gorila.

¿Cómo explicar esta vuelta al pasado, que al parecer no es tan lejano? Valdría la pena preguntarse en este caso específico el porqué de tanto odio contra Zelaya por parte de la vieja cúpula política del país. ¿Qué se esconde detrás de esa falsa defensa enconada de la Constitución?

Manuel Zelaya era al parecer uno de muchos, otro presidente sombrío de esos que abundan en la historia de América Latina, representante de la oligarquía, elegido para mantener el orden vigente y asegurar el sagrado derecho a la propiedad (del país) de los que todo lo tienen. Pero algo inesperado ocurrió, ese hijo modelo de la oligarquía se dio cuenta que acabar con la pobreza sin tocar un ápice el sistema neoliberal que su otrora madre impuso a su Honduras natal, era imposible y se rebeló. Cometió el imperdonable “crimen” de acercarse a otros gobiernos que también siguen caminos alternativos al neoliberalismo. Pero sin duda lo que más escozor generó, fue que se atrevió a acercarse al pueblo hondureño, el mismo que hasta ese entonces parecía olvidado por los grandes barones de la política. Los sucesos se desencadenaron, los políticos tradicionales se volvieron en su contra. Zelaya no tuvo más remedio que escudarse en su pueblo y en los movimientos sociales, trasformándose en un improvisado líder popular. La herejía era demasiado grande para ser perdonada. La fallida consulta no vinculante acerca de instalar o no una cuarta urna sobre la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente fue expresión de aquello.

La oposición a ella no fue más que expresión del miedo a perder todos los privilegios, los puestos en el Estado, a dejar de ser “importantes políticos”. La opinión del pueblo se volvía por tanto inaceptable. De ahí la verdad sobre la farsa montada acerca de la supuesta “inconstitucionalidad” de la consulta. En ninguna democracia liberal que se aprecie de tal una consulta no vinculante puede ser ilegal. La razón es muy simple, esto atentaría contra el derecho a la libertad de expresión y de libre información, uno de los derechos humanos que más le ha servido para legitimarse como sistema político. Por ello no fue Zelaya quién quebrantó la institucionalidad, sino que el Parlamento, el Poder Judicial y las Fuerzas Armadas, quiénes paradójicamente impidieron el ejercicio de un derecho constitucional so pretexto de defender la constitución. No obstante detrás de esta paradojal hipocresía, se esconde un fantasma con forma de Águila. Los Estados Unidos se han esforzado por desmarcarse del golpe, y por tanto de la negra historia que a sangre y fuego escribieron sobre los suelos de América. Lo condenaron es cierto, al menos públicamente. Pero para nadie es secreto que la CIA funciona al margen del poder civil, en las sombras, bajo lógicas que distan mucho de las propias del mundo diplomático. Esa sombra aguileña se hace evidente al escuchar los argumentos de los golpistas. Se dice que los militares son guardianes de la Constitución y la Ley y que existen infiltrados cubanos y venezolanos. ¿De dónde salieron estas ideas? ¿De la cabeza de los militares hondureños? Pues no, representan a la doctrina de la seguridad nacional, esa que legitimó intervenciones, golpes de estado, y numerosos baños de sangre en nombre de la “libertad”. Con la cual los Estados Unidos adoctrinaron a las Fuerzas Armadas latinoamericanas para justificar lo injustificable, la represión contra sus pueblos.

Esa es la realidad de la débil “democracia” hondureña, aquella que nació manchada con sangre hasta por los poros apoyando a la Contra asesina del pueblo de Sandino.

Al parecer salimos del sueño, quizás de la mentira acerca de que los golpes eran cosa del pasado. Tal vez sean también del futuro, negarse ingenuamente ante esta posibilidad resulta una irresponsabilidad histórica. Transformar la sociedad se hace mucho más complejo que sólo introducir una papeleta en una urna, al menos si es que existen gorilas como los que hemos visto en Honduras.


1 comentarios:

Diva!!! | 29 de junio de 2009 17:45  

Asi es , la historia se repite y el presente nos mienta con falsas esperanzas de que la historia golpista es parte del pasado.
Elfascismo vuelve a intervenir los procesos democraticos y participtivos de los pueblos que intentan construir al margen de un sistema canibalesco neoliberal sustrayendoles a quienes pueden conducirlos, mas olvidan que quien en el fondo tiene la conduccion es el pueblo y talcomoseñala la constitucion de Honduras en su articulo 3 elpueblo tiene el derecho a la insureeccion para reestablecer el orden constitucional.
El pueblo de Honduras entonces luchara, comootros pueblos Latinoamericanos lo han hecho.

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